Filosofía 17 min de lectura
7.4
Una semana después del terremoto: tres notas sobre la solidaridad, el fracaso y el des-tiempo de la catástrofe.
Hace una semana viví una catástrofe:
Me gusta eso de “cambiar las cosas para lo peor”, pues fue exactamente lo que viví. Pero no fui yo solo, fuimos varios. Montones. Montañas. La verdad yo no me llevé lo peor, ni siquiera de lejos. Aunque he tenido que lidiar con muchas cosas, todo está relativamente bien. Muestra de ello es que he tenido tiempo de pensar, de contemplar la catástrofe, y me gustaría compartir con ustedes tres reflexiones sobre la solidaridad, el fracaso y el des-tiempo (de la catástrofe).
Solidaridad
Hay que enfrentar una realidad: el progreso de la mentalidad individualista tan cara a los pavos neoliberales es demasiado implacable para que la solidaridad como alternativa para conceptuar el lazo de corresponsabilidad que nos une a los demás (y a sus desgracias) sea una alternativa factible.
Rudo, ¿no? Pero, en síntesis, los acontecimientos de la última semana son una prueba muy clara. La sociedad actual, fundada en un “capitalismo de libre mercado” (al menos de boca para afuera), proclama con orgullo en boca de todos (ricos y pobres) un individualismo exacerbado que impregna hasta los espacios más inesperados. Por ejemplo, aunque el fútbol es un deporte de equipo, en su estado actual existe un profundo culto al jugador estrella. Otro ejemplo importante está en la figura del CEO, el líder empresarial, quien representa el mito de un individuo que, por su propio autosacrificio y empeño, ha logrado dirigir con éxito una compañía que afecta la vida de muchas personas; imagen que, ciertamente, obvia el hecho de que el éxito empresarial es también el trabajo de múltiples individuos (sobre este punto, es muy ilustradora la serie sobre Spotify). Incluso en la filosofía preferimos hablar de autores que de escuelas de pensamiento, los textos suelen ser el resultado de un solo individuo y los estudios suelen centrarse en figuras icónicas como Wittgenstein, Arendt, Heidegger o Simone Weil, obviando, así, el hecho de que el pensamiento también es un trabajo colectivo.
El problema de esta forma de vivir es que nos pone en riesgo a todos. ¿Qué pasa cuando hay una catástrofe y las luchas individuales se encuentran de frente con fuerzas que nadie puede controlar? ¿Qué hacer cuando nos enfrentamos con poderes (naturales o sociales) que sobrepasan enormemente las capacidades individuales? Aquí no solo pensé en un terremoto, también en una ruptura sentimental o en la pérdida de la capacidad laboral o de movilidad. Todos enfrentamos un peligro (casi mortal en muchos sentidos) cuando el éxito individual es más relevante que otras esferas como el cuidado (físico y mental) o los lazos humanos que configuran nuestra red de apoyo. Aquí se pueden pensar muchas cosas, pregúntese ¿qué sería de usted sin los capitales (económicos, sociales, cognitivos, eróticos)? ¿será que podría salir adelante sin su educación (o mejor, el valor que le da la sociedad a su educación) o sin sus contactos o conocidos, incluso, sin su aspecto físico? ¿En estas situaciones basta la disciplina? ¿qué pasaría si además estuviera enfermo o, simplemente, tuviera que llevar el triste destino de aquellos cuya existencia es suficiente para sufrir la marginación? ¿Bastaría el estoicismo y el perrenque?
En otros tiempos, la alternativa al individualismo era la creencia en un Estado o Nación (una patria) que tuviera la autoridad (política o moral) de respaldar la acción individual, generando así cierto sentido de pertenencia que servía tanto de brújula moral como política. Más que un individuo, cada quien era la presentación de una nación y, por lo tanto, debía estar a la altura de sus valores, lo que iba acompañado de una hermandad relativamente incondicional con los com-patriotas, quienes, siguiendo la metáfora de la tierra materna, eran como hermanos. Dicha solución se mostró deficiente con el ascenso de los líderes autoritarios en el siglo XX (tanto los socialistas como los nacionalsocialistas). Por otra parte, su retorno en el siglo XXI no hace sino recordar por qué abandonamos como humanidad la confianza en esta opción y mostrarnos, además, que las democracias de libre mercado también pueden tornarse autoritarias. No solo la arbitrariedad de los líderes, sino la desconexión entre los individuos y la vida política en la que desemboca, son razones más que poderosas para no considerar seriamente esta opción.
La alternativa que se ha posicionado entre algunos intelectuales es la solidaridad. Aunque todos entendemos lo que significa esta expresión, su valor político y social no es evidente. Asociamos la solidaridad con un gesto de apoyo o de ayuda a alguien que se encuentra en una situación de vulnerabilidad o que directamente ha caído en desgracia. No obstante, dicho gesto revela más que una expresión de lástima, empatía o conmiseración. Se trata fundamentalmente del reconocimiento social de la vulnerabilidad ajena que ocurre justamente por el reconocimiento de la propia. Reconocemos al otro por medio de los propios límites como alguien que también se encuentra lanzado a la contingencia de la existencia. Las personas que me han ayudado no ha sido por lástima, sino porque ellos sienten nuestra desgracia (la mía, la de Carolina y la de otros colombianos) como propia y actúan en consonancia. Es un acontecimiento de la unidad, de un espacio común, en el que nos podemos reunir como iguales en la catástrofe. El sentido político de la solidaridad es central: tiene el poder de consolidar diversas fuerzas populares en función de una lucha común. De allí que, lamentablemente, ningún presidente pierda la oportunidad de lucirse con la piel de la desgracia ajena o como adalid de la solidaridad.
Pero la situación actual me ha llevado a ver que la solidaridad por sí misma es insubsistente. Cuando llegué a Armenia (2021), varios de mis nuevos compañeros de trabajo en el Magisterio me comentaron lo difícil que había sido para la ciudad recuperarse. El problema no había sido reconstruir los edificios o salvar a la gente de los escombros, sino revivir el tejido productivo y social que el terremoto destruyó. La solidaridad fue más que manifiesta justo después del terremoto y también con los planes de reconstrucción del Eje Cafetero (ver, por ejemplo, el FOREC). No obstante, más de 20 años después, la ciudad y el departamento no habían logrado volver a florecer y, más bien, se encuentran presos de una economía centrada en la explotación agrícola y el turismo. La solidaridad fue muy importante para la ‘recuperación’, no obstante, no fue suficiente para el florecimiento de la ciudad.
El individualismo del que he hablado, que se gesta como una ideología en los diferentes sectores sociales, impide concentrar las luchas sociales como un esfuerzo continuo y organizado y, además, dificulta reconocer las verdaderas causas de esta catástrofe. Para muchos de los voluntarios la solidaridad de estos días es un asunto anecdótico de cómo ayudaron a un país a vivir sus peores momentos. En cierto sentido es un aliciente moral de la culpa del superviviente. Sin embargo, una catástrofe no es ‘natural’. Como se ha señalado muchas veces, el problema de fondo no es el terremoto, sino una administración desorganizada del riesgo. Lo mejor que tenemos para enfrentar la catástrofe no es la solidaridad, porque esta solo nos lleva al voluntariado y a las donaciones. Lo que realmente necesitamos para enfrentar esta y las catástrofes que vendrán (espero que no sean muchas, pero seguro serán memorables) es organización política para realizar transformaciones profundas en la gestión de vivienda. Para esto, la solidaridad lamentablemente no es suficiente porque todos estamos en búsqueda de una casa, el bien más preciado de un colombiano, ya que asegura sustento, una especie de pensión y es el lugar que tradicionalmente se encuentra vinculado con el hogar.
El fracaso y la fortuna
Desde una perspectiva un poco bizarra para la mentalidad enfocada en el éxito propia de nuestro tiempo, las catástrofes como los terremotos, las enfermedades y las guerras son un tipo de fortuna muy subestimada.
Hace poco leí Elogio del fracaso de Costica Bradatan. Atravesaba un fracaso académico y necesitaba herramientas para lidiar con los sentimientos de frustración y culpa que desencadenó. Tuve varias sorpresas. La primera fue el reconocimiento de la cultura del éxito que subyace a muchas de las esferas en las que se realiza nuestra vida. Desde el trabajo, la imagen corporal, la vida sentimental y sexual, hasta ámbitos inesperados como la longevidad y la creatividad, están llenos de una mitología del éxito que es muy difícil de combatir y que verdaderamente da forma a nuestra vida. La segunda fue la idea de que el fracaso es un camino para lograr una forma de conocimiento: la humildad. Se trata de un saber diferente al que estamos acostumbrados, pues más que saber algo es saber nada o, mejor, un conocimiento sobre la nada. Lo interesante es que es algo que solo sale a la luz por el fracaso de alguien y que, además, solo tiene sentido si se narra como un proceso de aprender de los errores ajenos. Finalmente, la tercera fue el significado de la humildad. A diferencia de otros valores como la disciplina o la constancia, la humildad suele ser entendida como un valor de los débiles, de aquellos que no tienen como realizar su voluntad. Para muchos, la humildad es una especie de resignación. No obstante, frente al fracaso, la humildad es una transformación ética porque lleva a pensar o imaginar nuevas formas posibles de ser feliz. Cuidado: aquí no hay una forma velada de resignación (como en la fábula de la zorra), sino el reconocimiento de la infructuosidad de cierta forma de entender la felicidad y la reestructuración hacia una vida mejor, más plena, más llena de sentido, en la que yo puedo ser artífice de las imágenes que guían mis acciones hacia la felicidad y no un agente obnubilado por los ideales sociales de lo que es una vida realizada.
Un sismo es una forma material del fracaso que, a su vez, puede desencadenar un conjunto monumental de fracasos sociales, políticos, personales y existenciales. Un fracaso, desde un punto de vista general, es la interrupción no deseada de un proceso o proyecto. En muchos sentidos, muchos experimentamos cómo diversos proyectos fueron truncados con el terremoto. Vivimos una transformación indeseada de nuestra cotidianidad que ha significado reorganizarse y enfrentar retos inesperados. Se trata de una lección de humildad y un aprendizaje sobre lo frágil que es la cotidianidad (literalmente en 2 minutos cambió por completo nuestra vida, la puso patas arriba como dice la etimología de la catástrofe).
Así mismo, muchos otros solo sintieron el temblor y apenas conmocionó su empatía. Es una situación muy asimétrica, en la que es difícil establecer puntos de comparación y complejo consolidar una escala de valoración. ¿Qué es mejor? ¿Padecer la catástrofe o experimentarla desde lejos, desde un refugio? A primera vista, parece mejor lo segundo, pues nadie quiere experimentar lo primero. Pienso, por ejemplo, en la gente que vive en Bogotá que está tranquila porque el sismo los afectó poco, que apenas se sintió. El sosiego es mucho mejor que el desasosiego, ¿verdad? Los vivos están mejor que los muertos, ¿no?
Si lo consideramos a profundidad, es peligroso no vivir de vez en cuando una catástrofe. Yo me pregunto si es mejor un muerto ya, confirmado, establecido, sepultado, que uno (o muchos más) muertos mañana. ¿Cuántos muertos espera tener Bogotá en su próximo terremoto? ¿Cuántas personas que contemplan desde lejos esta catástrofe, desde la solidaridad o la indiferencia, está preparada para enfrentar una situación de esta magnitud? Muchos ni siquiera de menores magnitudes porque no han sobrevivido a nada. Armenia no tuvo muertos porque en el pasado tuvo muchos, miles. Ya había fracasado y por ello es consciente del riesgo que implica su sola existencia. Gracias a esto, las instituciones insisten más y hay mucha más pedagogía al respecto. Incluso los traumas que quedaron fueron claves para el despliegue de la solidaridad porque desde cierta óptica todos fueron damnificados por un sismo. Lamentablemente, hay cosas que, aunque se pueden aprender de los fracasos ajenos, suelen aprenderse a costa de ingentes —e injustas— cantidades de dolor.
A un nivel personal, ¿no es verdad que el fracaso implica una forma superior de autoconocimiento, una reformulación de la gramática de la felicidad en la que se vive? Lo que define a una persona no son sus sueños, son sus fracasos. En la frustración nos obligamos a buscar un nuevo lenguaje para la felicidad, nos vemos forzados a la poesía. El fracaso es creativo por sí mismo, nos obliga a buscar nuevas formas de continuar y, con ello, nos empuja a inventar incluso cuando estamos hartos. Sin duda es muy exigente psicológicamente y, además, puede llegar a ser arrollador. Al mismo tiempo, libera y empodera a quien se da cuenta de lo poco suyos que eran sus proyectos.
Con esto solo he aplicado las ideas de Costica Bradatan a la situación que vivimos en el Eje Cafetero y en el Valle, empero, yo no puedo ser tan indolente políticamente como el autor rumano. El fracaso político que desencadena este acontecimiento no es que el presidente considere que entregar balones de fútbol sea el tipo de ayuda que necesitan las poblaciones. El fracaso es que cultivemos como ciudadanía una forma tan pobre de relacionarnos con las instituciones y que lleguemos a considerar que nuestro deber real es ayudar con donaciones y no más bien exigir una implementación cabal de un plan serio de prevención de desastres. Es atroz. Yo no puedo con este fracaso social. Viví sin saberlo en un apartamento que podía sufrir graves afectaciones por causa de un sismo y muchos seguirán viviendo así sin saberlo. Me siento como aquella generación que vivió el cáncer de pulmón sin saber que era resultado de un consumo excesivo de tabaco. Me siento como aquellas personas que consumían opioides en EEUU para tratar con fuertes dolores, sin saber que estaban cultivando una adicción casi imposible de gestionar. Lo más turbio de nuestro fracaso político es que es el peor tipo de fracaso, o sea, el fracaso más deficiente, aquel que habitamos sin darnos cuenta. El fracaso que se convierte en una forma de vivir es invisible, es como caminar al borde del abismo con una tela en lo ojos y en patines. El fracaso político real no es haber elegido a un idiota como presidente —algo más bien habitual—, sino seguir cultivando una idea falsa de lo que es una democracia y pretender que es lo correcto.
El tiempo
Me gustaría concluir con una nota más bien fenomenológica: el tiempo de la catástrofe es peculiar:
El tiempo de la catástrofe es como la catástrofe misma: expansivo, inverso, denso y compacto. Como una explosión. En el flujo normal de las cosas, el tiempo se experimenta como un bien que se renueva y se agota constantemente, como un fermento que en buenas condiciones abunda y en malas se empobrece. Aunque siempre es predecible. En cambio, el tiempo a destiempo, el tiempo de la catástrofe, es una variedad de momentos interconectados (desconectados) por la extrañeza y las malas noticias. Se impone de suyo, como si fuera un acontecer de lo que está atrás del tiempo. La sucesión se muestra a destiempo, inconexa; el mundo deja de ser una cadena causal y se convierte en un enjambre que se resiste a una narrativa unificada. Por eso, en las catástrofes construir una historia es una urgencia mayor. Necesitamos para nosotros un flujo racional de sucesos que permitan anticipar lo que viene. La fuerza de la catástrofe consiste justamente en todo lo contrario, en explotar el tiempo y mostrar la ficcionalidad del hilo invisible sobre el que organizamos nuestra vida.
Ante todo es un tiempo peculiar. Propio. Sui generis. Fuera de la catástrofe cada minuto es cuantitativamente idéntico al anterior, aunque cualitativamente diverso. Pasa uno, dos o tres días de 24 horas. Idénticas horas, idénticos días. Aunque los días son buenos y malos. Unos alegres, otros frívolos, algunos más bien tristes. Como los dulces de colores. La balanza cambia en la catástrofe. Cada segundo cuenta y dos minutos son cuantitativamente diferentes. Las primeras 72 horas son diferentes a subsiguientes setenta y dos. En unas cuenta cada minuto como una eternidad y a veces una hora es un minuto. Pero cualitativamente son horas idénticas, son horas que se viven desordenadas, impasibles. Una tortura. Es un tiempo tan extraño que no basta con estar a salvo para volver a la normalidad. Lo que cambia con la ‘tranquilidad’ es poco. La anomia continúa, pues el tiempo no es subjetivo, no es real, es el trabajo social de organizar la contingencia fundacional de la realidad. Y en una catástrofe no hay quien trabaje. La idea del tiempo ‘objetivo’ es el resultado de un trabajo descomunal que se evidencia en la ciencia y la tecnología como una realidad dura, tanto como la implacabilidad de ciertos procesos naturales. Dicha rigidez es necesaria para poder enfrentar la contingencia radical del tiempo de la catástrofe, el des-tiempo originario. Una catástrofe es un acontecer del ser del tiempo.
Nuestro paso por el mundo es breve e incierto. Construimos mitologías para justificar nuestras acciones y aprendemos a sentir su peso como la fuerza de una ley; algo que es necesario si queremos sentir que podemos llevar una vida. Sin embargo, no podemos olvidar que esta fuerza la llevamos en nosotros mismos y, a la vez, la necesitamos para desarrollar ficciones cada vez más funcionales. Las ficciones son nuestro medio de vida. Aquí hablé de la originalidad del des-tiempo, pero con ello no he hecho sino señalar el tipo de temporalidad al que convoca la catástrofe. Cuando el mundo está patas arriba, necesitamos experimentar la radicalidad del desorden y la discontinuidad para asumir el llamado a crear un nuevo mundo, sin caer con ello en la ficción de la salvación. Lo real es un llamado inagotable a la creación.